El mundo asiste expectante al escrutinio en Estados Unidos

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Entre la resignación y la esperanza, y a la sombra de una nueva ola de coronavirus, el mundo mira con la máxima expectación a EE UU. El mandato de Donald Trump, marcado por el unilateralismo y las disputas comerciales, ha removido el tablero internacional y ha dinamitado algunas alianzas tradicionales de Washington. Algunos actores internacionales esperan que logre la reelección, pero otros confían en que una victoria de Joe Biden al menos lime asperezas. El demócrata, pese a todo, tampoco despierta entusiasmo entre algunos de los que prefieren un cambio en la dirección de la primera potencia mundial.

La crisis sanitaria, social y económica provocada por la pandemia mantiene ensimismados a los líderes europeos, con poco tiempo para mirar hacia el otro lado del Atlántico. Pero sobre Bruselas y el resto de capitales europeas planea la sombra de una segunda victoria de Donald Trump en las elecciones del 3 de noviembre o, peor aún, la de una derrota no admitida por el actual inquilino de la Casa Blanca.

La incógnita sobre el desenlace electoral contrasta con el claro convencimiento de que, gane quien gane, las grandes tendencias de la relación transatlántica se mantendrán invariables. “Habrá matices si el demócrata Joe Biden llega a la Casa Blanca, pero no cabe esperar un giro brusco en la política internacional de EE UU”, apunta un alto cargo de la Comisión Europea.

Bruselas asume que Washington seguirá desentendiéndose de la seguridad del viejo continente, una tendencia iniciada bajo la presidencia de Barack Obama y acentuada con Trump. La segunda gran corriente que seguirá repercutiendo en Europa será el enfrentamiento entre EE UU y China, “una política en la que coinciden tanto republicanos como demócratas”, señala una fuente comunitaria.

Más éxito tuvo el anterior presidente de la Comisión, Jean-Claude Juncker, que logró una tregua comercial. Pero la actual presidenta, Ursula von der Leyen, solo ha mantenido un breve encuentro con Trump y su esperada visita a la Casa Blanca quedó postergada sine die como consecuencia de la pandemia y el escaso interés al otro lado del Atlántico.

Ante el improbable retorno de una relación transatlántica tan estrecha como la de finales del siglo XX, la UE prefiere volcarse en su agenda de soberanía estratégica, antaño postergada y ahora acelerada como respuesta al vendaval de Trump. “Nuestra agenda tampoco va a variar gane quien gane”, avisa un alto cargo comunitario. Fuentes de la Comisión creen que una derrota de Trump suavizaría los roces con Washington y tal vez permitiera recuperar el consenso internacional en asuntos como Irán o la lucha contra el cambio climático. Pero sospechan que el multilateralismo no volverá a ser como en 2016 y con ese cálculo en mente esperan la reelección del 45º presidente de EE UU o la llegada del 46º. Y no descartan que la transición, de llegar a producirse, sea tan turbulenta y conflictiva como los cuatro años que ahora terminan.

La relación entre el primer ministro del Reino Unido, Boris Johnson, y el presidente estadounidense, Donald Trump, ha sido siempre más el fruto de la conveniencia mutua y el compadreo personal que de una visión política e internacional compartida. De hecho, el entonces alcalde de Londres hizo más en 2016, durante su visita a Nueva York, por mostrarse próximo a la candidata demócrata, Hillary Clinton, que por cortejar a Trump.

La continuidad del republicano en la Casa Blanca, sin embargo, era hasta ahora una pieza fundamental en la estrategia post-Brexit del Gobierno conservador británico. No tanto por su defensa a ultranza de la salida del Reino Unido de la UE -que en muchas ocasiones se ha convertido en una inoportuna intromisión en la política interna de su aliado-, como por su firme compromiso con un futuro acuerdo comercial que pudiera sustituir, al menos cara a la galería, los vacíos provocados por la ruptura con la UE.

El equipo de Johnson se ha visto descolocado por sorpresa. La poderosa maquinaria que controla la campaña de Biden ha establecido un muro de aislamiento con el resto del mundo, para evitar sospechas de injerencias externas como las que contaminaron las presidenciales de hace cuatro años. Y de ese modo, Downing Street ha sido incapaz de comenzar a tender puentes con la que, según las encuestas, podría ser la próxima Administración de EE UU.

Las señales previas sugieren que una futura presidencia de Biden, como ocurrió con Barack Obama, dará prioridad a aliados como Alemania o Francia antes que cultivar una histórica “relación especial” con el Reino Unido que seguirá siendo firme en materia de defensa o inteligencia, pero se presenta difusa en materia política. Habrá estabilidad, porque Londres y Washington mantienen posiciones alineadas en asuntos clave como la respuesta al desafío que hoy suponen China o Rusia. Y, si se confirma la victoria de Biden, puede haber acercamiento, porque la visión de ambos dirigentes ante desafíos como el cambio climático es muy similar. Pero Johnson deberá empezar de cero, y aplicarse a sí mismo una dosis de humildad. Es complicado que repita el éxito de su predecesora, Theresa May, y sea el primer líder que visita la nueva Casa Blanca.

El Reino Unido tendrá la presidencia del G7 y será el anfitrión de la cumbre el próximo verano. Será la oportunidad de Johnson de cultivar la multilateralidad a la que tanto él como Biden son más proclives, frente al unilateralismo que ha caracterizado a Trump. Y la ciudad de Glasgow acogerá en octubre el COP26, la siguiente conferencia sobre el cambio climático. Es la gran apuesta de Downing Street para demostrar el perseguido liderazgo internacional de la Global Britain soñada para la era posterior al Brexit. Y la ocasión para Biden de reconducir la política medioambiental de EE UU, hecha añicos por su predecesor. Pero sobre todo, podría ser el gran momento para que Johnson se deshiciera finalmente de la caricatura que le ha perseguido durante estos años: la de ser el “mini Trump” al otro lado del Atlántico.

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