Resistencia de López Obrador a asumir más deuda amenaza con agravar el golpe económico de la pandemia

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En México, la crisis económica mundial desatada por el Covid-19 ha expuesto que el enemigo más grande del país puede que sea el país mismo. La herramienta más poderosa de la que dispone el Gobierno es la deuda. Utilizarla conllevaría un aumento de esta, naturalmente. Pero sobre todo exigiría un esfuerzo organizado por gastar e invertir eficientemente los recursos.

Y en eso, México falla. La negativa del presidente, Andrés Manuel López Obrador, a recurrir a la deuda para financiar un plan de choque contra la crisis derivada de la pandemia ha intensificado aún más las tensiones con gran parte del mundo empresarial, que le reclama mayores ayudas, ha abierto grietas en el propio Gabinete y ha abocado al país a una mayor incertidumbre económica.

México goza de un acceso a los mercados financieros internacionales que otras economías emergentes desearían en un momento como este. Su reputación como deudor es fuerte y sus finanzas sanas. Como prueba están sus colocaciones de bonos, siempre bien recibidas por inversores que quieren prestarle dinero a la segunda economía más grande de América Latina a una tasa de interés atractiva. Además, es uno de tres países en el mundo -junto a Polonia y Colombia- que tienen un tipo de préstamo preaprobado con el Fondo Monetario Internacional (FMI), llamado Línea de Precaución y Liquidez (LPL). El FMI ha puesto a disposición de México hasta 61.000 millones de dólares. Si México decidiera utilizarlos, como lo ha hecho ya Colombia, por ejemplo, solo tiene que decirlo y los recursos estarían en las arcas del Banco de México en cuestión de días.

“No me parece que lo que está enfrentando México sea falta de fondos, sino una falta de ideas,” asegura Sebastián Brown, economista en jefe de América Latina para el banco de inversión Deutsche Bank en Nueva York. “Una falta de claridad con respecto a qué es lo que se debería hacer en una situación como esta”, añade. Gobiernos de signo político opuesto, a ambos lados del Atlántico, coinciden en que es momento de impulsar políticas de mayor gasto, contracíclicas, para paliar en la medida de lo posible las consecuencias económicas de la pandemia: aumento del desempleo, quiebras de empresas y destrucción del tejido productivo.

De acuerdo con estimaciones de la propia Secretaría de Hacienda y Crédito Público, la deuda como proporción del producto interno bruto (PIB) subirá de un 45% a un 53% a final de este año, un incremento que se debe a la caída en la economía que ya se estaba dando antes de que llegara la crisis de Covid-19. A lo que habrá que sumar el déficit adicional debido al deterioro fiscal por los menores ingresos que siempre acarrea una crisis. Este nivel de deuda le da a México mayor espacio para endeudarse que economías como Brasil y Sudáfrica, cuyos déficit son más altos. Incluso si México decidiera gastar el equivalente al 3% de su PIB en medidas para contener el choque económico y su nivel de deuda alcanzara el 56% del PIB, eso lo pondría en línea con el promedio entre países emergentes en todo el mundo, de acuerdo con información del FMI. El promedio en América Latina es aún más alto, del 69%.

El Gobierno podría solventar los costos de un buen programa de mitigación al gastar más y recaudar menos impuestos, lo que, ahí sí, incrementaría la deuda. Si el Gobierno no quiere ofrecer incentivos fiscales a empresas, como el presidente ha insistido pese a los constantes reclamos, podría salvar el obstáculo mediante una emisión de un tipo de “bono coronavirus” a una tasa alta, tan pronto los mercados financieros muestren señales de apetito.

Es probable que fuera exitoso, argumenta Brown, pero los inversores tendrían que estar convencidos de que el Gobierno gastará los recursos en programas o proyectos con un retorno en inversión razonable. Y es aquí donde México se encuentra en problemas.

Fuente: El País.es

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