En los puestos de repartición de comida para habitantes de calle de Brasil cada vez se asoman más necesitados y las filas se alargan. El hambre se abre paso a la par de la pandemia, que avanza sin tregua.

En el centro de Sao Paulo, Miguel da Silva, de 70 años, ya tiene en sus manos un plato de arroz, verduras y proteína animal, tras haber formado fila con unas 300 personas, la mayoría mendigos. 

“Es mejor venir aquí que pedir” en las calles, confiesa el hombre, que asegura que su pensión ha sido desviada y que el poco dinero que consigue lo destina a pagar el alquiler.

Bajo el sol impiadoso de Rio de Janeiro, también Mario Lima espera por su merienda, rodeado de cientos de ancianos, mujeres embarazadas y habitantes de calle. Para muchos, será la única comida del día.

“Todo está caro. Si fuera a comprar la comida que dan aquí, serían más de mil reales [unos 170 dólares] por mes”, dice Lima, de 72 años, a quien el salario mínimo (1.045 reales) que recibe como jubilación apenas le alcanza para el alquiler y algunos gastos básicos.

Miguel y Mario son apenas dos caras del empobrecimiento de la sociedad brasileña en tiempos del covid-19, que ya ha dejado más de 317.000 muertos y millones de desempleados, nuevos pobres… y hambrientos.

Con información de AFP